«LA CUIDADORA DE SEMILLAS»

.

Tatara, Provincia de Huasco, 2009. El primer encuentro

 

En el marco de un proyecto FIA con horticultores de la Provincia de Huasco, me toca visitar la localidad de Tatara, ubicada en la comuna de Freirina. Me contextualizan los colegas de ese entonces, y me hablan de personas esforzadas, luchadoras, pequeños hortaliceros y pequeños ganaderos de cabras que hacen patria en un paisaje pedregoso, ventoso y seco. La mujer a visitar, Hortensia Lemus, es diaguita, pequeña agricultora, con un liderazgo ya reconocido y destacado en esos años en los medios comunitarios e institucionales; el propósito, ayudarla a producir en el desierto y en realidad, “hacer lo que se pueda”.

 

Llego entonces muy motivado al lugar, nos hemos cruzado en alguna reunión. La miro y me sonríe con esa sonrisa tan transparente y honesta que no puede forzar hasta hoy, nos abrazamos, y jamás pensamos que nacía una amistad a toda prueba, capaz de vencer al tiempo, al sistema y al egoísmo tan propio de nuestra sociedad, una amistad que no ha podido ser quebrantada por nadie y que solo un Creador cómplice ha mantenido por el bien de nuestras semillas. Ya comprenderán por qué.

 

El paisaje era un poco más complejo de lo que me advirtieron, el viento inquieto parecía golpear insistente hacia el norte, hacia el sur, en todas direcciones. Analizamos una calicata donde veíamos que cada horizonte del suelo parecía ser una capa de piedras, de distinto tamaño, una puesta sobre la otra, sumado a las sales y rematando, la falta de agua, lo cual hacía ver el panorama un tanto desolador. Yo trataba de que mis expresiones no fuesen tan funestas, la verdad el pronóstico era de esos que uno prefiere omitir. Si fuese una empresaria agrícola sería tema de invertir en sustratos, invernaderos de fierro galvanizado, un buen estanque, comprar unas cuantas acciones de agua y listo. Pero la realidad del pequeño agricultor es otra, tenía entonces que dar mis apreciaciones técnicas, que evidentemente no serían “compre esto y échele de esto y de esto otro”, el estudio universitario es solo una pequeña parte de un conocimiento mucho mayor que permite al mundo existir y girar. Preferí entonces omitir mi pronóstico técnico, pues su esperanza y motivación me lo impidieron. -«Habrá que intentarlo -le dije- sería bueno comenzar con cultivos bajos, de hojas, como acelgas, lechugas, cilantros, etc». Ella alegre me responde – «Comenzaré entonces«.

 

Pasaron desde aquel día unas semanas y decidí visitarla nuevamente. Llego a su hogar, me recibe como siempre con esa luminosa sonrisa en el rostro, y sin mediar conversaciones me dice: «Mire lo que estoy haciendo». Ahí estaba con su hijita Magdalena, que la acompañaría en todas, y su nieta Karin, junto a las almacigueras listas para sembrar lechugas, las tres felices y esperanzadas. «Sembraremos unas lechugas» – me dice. Sin pensarlo le respondo- «¿Les ayudo?»«¡Claro!» – me dice feliz. Y ahí nos quedamos juntos los cuatro cambiando al mundo.

 

Sin saberlo, una siembra lleva a otra y a otra; las semillas sellaban una amistad invencible, y la convertían en cómplice de un trabajo que no se detiene hasta hoy y del cual esta maravillosa mujer sería la principal protagonista. Y bueno, si es que alguno de ustedes se pregunta por las lechugas que sembramos, luego de trasplantarlas se murieron todas; luego sembramos habas, que emergieron todas pero no  prosperó ninguna, pero eso no nos detendría, porque la agricultura es para los insistentes más que para los brillantes, es para los porfiados como dicen los campesinos. Seguimos entonces insistiendo, mejorando el suelo en pequeñas superficies y comenzamos a usar otro tipo de semillas, unas ignoradas en ese entonces, las llamadas semillas antiguas o tradicionales, las reemplazadas, y así fue cambiando esta historia, entre sequías, resiembras, errores y aciertos, desilusiones y alegrías, como lo es la vida misma.

 

Yo iba entonces comprendiendo algo de todo esto; Hortensia era de esos bellos e irremplazables seres que no se rinden, Hortensia es de las imprescindibles, seguramente por eso las semillas la escogieron para ser su protectora, su cuidadora, ella no deja a ninguna atrás, ella las disfruta a todas, cada una parece tener una gracia particular para ella, y cuando aparece una nueva, cual niña inquieta, se emociona y la agradece a su Creador y a pesar de que la elección de tomar este camino maravilloso de recuperación de semillas le significó perder casi todos los apoyos institucionales, y le sumó un puñado de críticos flojos y egoístas, de esos que siempre critican todo como si fuesen referentes o ejemplos de algo, ella no detuvo su andar y logró convocar a la mayoría de los pequeños agricultores de la Provincia a acompañarla en este inexplorado camino y lo hicieron, se sumaron apoyando y hoy muchos de ellos son cuidadores de semillas tradicionales haciendo que muchas semillas que eran absolutamente desconocidas hoy estén recuperándose en los campos, en las mesas y en la historia.

 

Así Hortensia, “Tenchita” para quienes la queremos, se convirtió en la primera administradora de un semillero comunitario funcional, donde se recibe a todas aquellas personas de pueblos originarios y campesinos que consciente y responsablemente quieran hacerse parte de esta bella y urgente obra, no en un acto de “llegar y llevar”, sino más bien en uno que dice “recuperar y cuidar”, sólo apto para gente honesta y responsable.

 

 

Conociendo a Hortensia

 

Hortensia Lemus Espinoza es diaguita, nació en El Salvador, región de Atacama, es la menor de 6 hermanos. Su madre y abuela eran agricultoras huascoaltinas en la localidad de Los Tambos, y sembraban porotos en la famosa quebrada de Colpe del valle del Tránsito, lugar antiguamente reconocido como uno de los centros de producción de porotos de la Provincia, por su clima benigno, entre pedregosas quebradas. Los porotos eran sembrados a pitón, antigua técnica que consistía en solo remover el espacio donde se sembrarían entre 3 a 5 semillas, dejando un buen espacio entre unos y otros para su desarrollo; la producción podía llegar a ser hasta 100 por uno, sin embargo, muchas de esas variedades desaparecieron con el tiempo, aunque la propia Hortensia, sería protagonista en cambiar esta situación.

 

«Mi abuelo era el celador del canal y de la Laguna grande, a él se la heredó mi bisabuelo Elarion Espinoza, y luego se la heredó a mi tío Julio. Sembraban porotos burros, hallados, gansos y varios otros de los que hemos recuperado, hacían huesillos de los almendrucos (duraznos de segunda floración, que son más pequeños y generalmente nacen de los duraznos blanquillos, típicos hasta hoy de la parte interior del Valle del Huasco). Mi abuela era hiladora y tejedora, hacía camas completas, hasta de dos plazas, la lana la teñía usando puros montes (Hierbas y arbustos que crecen en los cerros). Mi padre era agricultor de Canela, en la región de Coquimbo, de un sector llamado Carquindaño, proveniente de una familia de agricultores y cabreros, sembraban mucho comino en esos años y diversas hortalizas». Nos cuenta todo con un dejo de nostalgia, volver el tiempo atrás siempre resulta en una mezcla de emociones. Continúa entonces luego de algunos suspiros:

 

«Descubrí la historia de mi papá hace poco, conocí a mis nuevos hermanos; resulta que mi papá era payador, folclorista y cantautor, era muy parrandero, siempre andaba payando con su hermano, los invitaban a todas las fiestas, en especial a las famosas rifas del chancho, eran como ramadas donde hacían además trillas de trigo, siempre andaba cantando en esas. Luego de unos años se vino al norte, a Atacama, no había pega en su pueblo, acá siguió igual de mujeriego, y en esas vueltas conoció a mi mamá, consiguió pega en El salvador y se fueron a vivir ahí, entonces nací yo, le fue bien en minería en Codelco, mientras mi mamá era dueña de casa, pero no se quedaba quieta, hacía empanadas y pan para vender, luego vuelven a Vallenar y al poco tiempo se van a Diego de Almagro donde mi papá encuentra trabajo como pirquinero, hasta que muere de un infarto a los 40 años». El gesto de resignación es evidente, realmente se es joven a los 40. Vuelve a suspirar, se contiene, y continúa su relato:

 

«Mi mamá luego de eso vuelve sola a Vallenar con nosotros, eso es lo que más recuerdo. Por mi parte, desde joven me dediqué a la peluquería, llegué a tener una academia, hasta que tuve un accidente, se me cortaron todos los tendones, entonces no pude seguir ejerciendo, perdí mi trabajo, decidí irme luego a Copiapó donde mi hermano que tenía invernaderos, me quedé a cargo de la producción, trabajé mucho en eso, en producción de tomates. Gané buen sueldo, mi hermano ganó mucha plata, en esos años la producción de tomate en la región de Atacama estaba en su esplendor, se mandaba mucho para el sur. Me tocaba cuidar los invernaderos de las heladas durante el invierno, hacía chonchones de madrugada para alejar la helada, vendí todos los tomates, pero ese trabajo duró solo una temporada, ya que puse un negocio con un amigo a medias, nos fue muy bien, ganamos harta plata, pero yo no la vi mucho, no me quedaba nada». Interrumpo entonces con un rostro de incógnita notorio y pregunto – «¿Cómo es eso de que ganó harta plata pero no la vio, se la robaron, la estafaron?» Entonces me mira con esa dulce y materna paciencia y continúa entre sonrisas:

 

«O sea gané, pero la gasté toda en cuidar y apoyar a 13 niños que vivían como huérfanos». -«¿Cómo dijo?» – pregunté con asombro, como poniendo pausa a un disco –«Detálleme eso por favor, suena realmente interesante».

 

«Eran niños con familias disfuncionales que vivían bajo el puente. Para mí eran mis niños, esos que me vienen a ver ahora; en ellos gasté todos mis ahorros y fui muy feliz en eso, nunca se me ocurrió juntar plata. Les daba comida, les compraba ropa, todos los niños del río llegaban allá, la gente se molestaba, me decían que me robarían, pero nunca me hicieron algo, es más, me protegían, yo con esfuerzo les cortaba el pelo, los arreglaba, mi hija Nicol (la del medio) era su líder, se juntaba y crecía con ellos, mi socio en este trabajo era el abogado de los pobres, juntos los ayudábamos. Él murió, hoy está en el cielo, esa es toda una historia que recuerdo con mucho amor. Estaba con ellos todo el día, desde las 7:30 de la mañana, dejaba a mi hija en su escuela, me iba con los niños y a las 5 volvía a mi casa, eso fue por varios años». Realmente ver la felicidad con la que narra esta parte de su historia es conmovedora, sus ojos se cristalizan como agolpando innumerables recuerdos llenos de dicha, satisfacción y a la vez nostalgia, como agradeciendo por ello, más que esperando algún reconocimiento, continúa entonces:

 

«En ese tiempo me dediqué completamente a la agricultura, producía más de 200 cajones de tomate, en otra huerta producía acelga y betarraga, vendía quesos, carne de pollo, de vacuno, todo lo producíamos nosotros, sin embargo, llegó la hora de volver con mi esposo a Vallenar, en busca de mi tierra reverdeciente con un río» – se le escapa entonces una carcajada – «nunca la encontré: solo encontré desierto, y aquí estoy en mi cerro, donde nuevamente comienza todo de cero».

 

Es bueno hacer una importante salvedad respecto al “cerro desértico” de Hortensia, y es que como casi toda la región de Atacama, ocultan bajo su suelo, millones de semillas, que cada ciertos años, cuando las precipitaciones lo permiten, emergen llenando de flores y tiñendo de colores todo alrededor, en un fenómeno sin igual conocido como “desierto florido”. Ahí mismo bajo los pies de Hortensia emergen cebollines, alstroemerias, patas de guanaco, malvillas, azulillos, rositas y una que otra añañuca, los que Hortensia cuida con recelo combinando su desierto florido con su huerta y frutales. Continúa entonces:

 

«Para mí las semillas lo son todo, su importancia es incalculable, me apasiona lo que hago, la semilla no tiene precio, tenerla y devolverla a los campos, a la gente, es impagable, cuando vino una autoridad le di porotos Tongo, la señora emocionada decía que le recordaban a su abuela».

 

«En Copiapó solo plantaba y vendía, pero cuando llegué a Tatara, costó tanto que se dieran los cultivos en este suelo, ni melones, ni lechugas, ni habas, aún lo recuerdo, costó tanto, pero es ahí cuando una le da importancia a las cosas, cuando cuestan, a este invernadero le tiré 200 sacos de guano, buscando formar suelo». Su cara de cansancio de solo recordarlo, mezclado con esperanza, terminan en una risa de satisfacción que uno mismo disfruta.

 

«Cuando comenzamos a trabajar con ustedes y empezamos a viajar en la Provincia, conocimos agricultores de desierto, casi sin agua, visitamos a esas familias tan lejanas, tan sufridas, con tan pocos recursos, a don Carlitos que hace maravillas con las semillas y no tiene ni tierra, eso me hizo reflexionar, valorizar, eso me motiva, me convence de que lo que hacemos realmente vale, cuando hay más esfuerzo y sacrificio le damos más valor a las cosas».

 

«Si no creyese en lo que hacemos, algo que también he aprendido de ustedes, no lo haría, tengo mi personalidad, ustedes lo saben, yo digo sí o no, yo en esto creo y en esto seguiré creyendo, hasta que me muera, yo creo que este es el camino que tenemos que seguir, esto es lo que tenemos que cuidar, conservar y heredar, si queremos que el mundo cambie un poquito, nosotros que somos los administradores de todos estos recursos que Dios nos dio, tenemos que hacerlo. A muchos no les importa perder las semillas o el agua, pero si nosotros podemos entender su importancia, es nuestro deber. Eso es lo que creo, eso es lo que siento».

 

«Decir la verdad molesta, siempre digo las cosas como son, el tema es decir la verdad, hacer lo que me gusta, ese es el camino, siempre con la verdad, porque estoy convencida de esto, esta tierra ha crecido, sé que falta mucho pero sigo en esto, a pesar de que las fuerzas físicas no me dan, eso me da impotencia, pero no me quedo ahí, jamás diré no puedo, siempre habrá una forma, solo hay que encontrar la manera».

 

«¿Cómo se hace para que las cosas funcionen, para hacer un trabajo en equipo que beneficie a todos?» – le consultamos admirados como cada vez que la escuchamos.

 

«Para que las cosas funcionen en los equipos y los proyectos, hay algo fundamental: la lealtad. Cuando unos son leales con los otros, eso hace mover las cosas. Podemos tener distintos puntos de vista, pero nos une una creencia, un ideal, proteger nuestras semillas. No sirve andar cuestionándolo todo, es importante aportar de manera real, recuperándolas, sembrándolas, compartiéndolas, que tú creas en mí y yo en ti, esto hace la sinergia que permite este trabajo de recuperación y que nos mantengamos firmes y no nos doblen. Por eso a pesar de estar más separados de ustedes ahora, territorialmente hablando, mantenemos nuestro trabajo, porque creemos en lo que hacemos, es por eso que el creer y la lealtad, son las cosas que nos permiten seguir con este hermoso trabajo». Nos responde con una convicción que cualquiera quisiera, seguimos entonces haciéndole preguntas que otros nos han trasmitido.

 

 

 

«Usted actualmente es la administradora del primer Semillero Comunitario funcional en Chile de las comunidades indígenas y campesinas, que ya lleva casi 4 años resguardando y compartiendo semillas con cientos de personas, ¿qué significa resguardar más de 900 variedades de semillas?»

 

«No me diga eso, escucho ladrar perros y me preocupo» – ríe nerviosa – «Es una gran responsabilidad, aunque eso no es mío, ni tuyo, ni de nadie, y a la vez de todos, y eso es algo que a la gente le cuesta comprender, se apropian de las cosas, la semilla tiene que correr, circular, es de todos, está ahí por el momento, sale, vuelve y así tiene que ser, porque la vida es así, es ilógico que yo escondiese la semilla para que nadie se la lleve, no es así, lo pueden decir cientos de personas que han llevado semillas. En todo caso la gente también debiese darse el trabajo de buscar semillas, no sólo pedir, así ayudaríamos todos en este trabajo, entonces es una doble responsabilidad para mí, por la semilla misma y por las personas, y lamentablemente poca gente entiende eso. Cuando llega el momento de comprometerse seriamente, cuesta encontrar personas dispuestas, pero cada vez esto va creciendo, esto es algo nuevo para todos, un crecimiento colectivo, igual hay gente maravillosa que lo comprende y ofrecen ayudar, otras lo agradecen».

 

«Le toca ser la primera en experimentarlo, eso ayudará a muchos otros» – le comentamos seguros  y preguntamos – «¿Qué semillas le han dado mejores resultados?».

 

 

«Para mí las más especiales son las habas, los tomates y las arvejas, porque se han dado hermosas en mi terreno, pero son todas las semillas tradicionales importantes para mí, también pongo porotos, camotes y pepinos de fruta, tengo frutales también, higuera grande, durazno abollado y blanquillo, guayabos, naranjos y limones, entre otros, todas las comparto, me encanta compartir, eso ustedes lo saben bien, mi casa suele estar con gente, antes puse frutales comerciales de esos que se venden y no prosperaron en mi terreno, menos sin agua, pero los frutales tradicionales crecen y se adaptan, ya he cosechado mis primeros duraznos, los cítricos siguen creciendo, como son de semillas no injertados, demoran, pero luego producen 100 años sin problema, eso hemos visto en el valle. Los guayabos vienen hermosos y también mis parras e higueras. Los camotes los puse con harta fe y ya los he comido, el pepino de fruta carga y carga, eso me hace profundamente feliz, luego de tantos intentos, veo que mi trabajo da resultados» Nos responde con la cara llena de dicha, como si fuese el más deseado de los tesoros, y como no iba a ser así, luego de tantos intentos, sudor y lágrimas.

 

«¿Cómo puede ser tan importante mantener estas semillas sin ganar dinero a cambio? Le preguntamos en un contexto en el que gran cantidad de personas piensan que todo se hace por algo solo monetario».

 

«Aunque no la venda puedo compartirla, alguien la necesitará, no debiese ser un negocio como cualquier cosa, la tierra, el agua y la semilla, son la trinidad de la vida, sin ellas no tendríamos sustento, ni razón de ser, pero sería bueno también que los que puedan apoyar o aportar a este trabajo lo hagan, porque realmente con recursos esto podría crecer mucho más y podría mantenerse y replicarse». Quedamos maravillados con esas respuestas tan espontáneas, nos fascinó eso de “la trilogía de la vida”; que palabras más certeras, más llenas de lógica y corazón a la vez.

 

«¿Qué diferencias ha visto entre las semillas comerciales que usaba hace años atrás y las semillas tradicionales?»

 

«Cuando recién empecé, mi suegra me regaló semillas que venían en un tarro que habían comprado: nunca nos salió, ninguna semilla salió. Me decía a mí misma ¡pero si son nuevas según la etiqueta!, pero la semilla tradicional tiene vida, es única, por sí sola muta, cambia. A mí me ha maravillado eso de los porotos, que de uno salga otro y otro, de otro color, de otra forma, esa es la esencia de la vida, que un color se transforme en otro, es maravilloso que te sorprenda así, es como si te hiciera un regalo, esas son las cosas que me apasionan, como la naturaleza cambia, como el tomate tenca que era tan chiquitito, como cuando ustedes lo encontraron en la quebrada y ahora con una mejor tierrita, míralo, el niño creció y eso me sorprende, porque aunque el tomate tenca sigue siendo el mismo, a una planta le dio por tener frutos más grandes, o de otro color, así de sencillo, imagínate, tanto tiempo que buscamos el tomate tenca amarillo y este año apareció solo en mi huerta, en ese compost que me dieron, ¿cómo se explica eso?, son milagros que solo ocurren con las variedades tradicionales, las otras no, porque son todas iguales. Una familiar que viajó a Canadá me contaba que en los supermercados había zanahorias todas iguales, sin sabor ni olor, y que todo era así. Lo encuentro terrible, comer tanto químico, pero acá no, acá pura agüita y guano, la semilla se alegra y luego te alegra a ti. Manuel mi esposo, al principio estaba re desilusionado, y desde que estamos con la semilla tradicional ha producido de todo, habas, arvejas, porotos, maíces, anda feliz, preocupado de preparar el suelo para volver a sembrar, esa es la magia de la semilla, cuando quiere darte, te da, es única, es maravilloso todo lo que se va aprendiendo con ellas.» – respira entonces y continúa inmediatamente:

 

«Pero también tenemos que cuidarlas, y para eso se debe ser responsables, sembrarlas, para eso se llevan del Semillero comunitario. Otras personas son mezquinas con las semillas, como el secreto de la abuelita que uno no puede dar, pero luego uno se muere y se lleva el secreto y ahí queda todo, nadie más lo replica, nadie más lo aprovecha, el éxito en este caso es compartirla, intercambiarla por otra, así, más lo conocen, así es la semilla. El año pasado me quedé sin nada, regalé todas las habas moradas, pero hoy puedo irlas a buscar a otros campos, ese es el secreto, sembrarla, compartirla, esa es la clave para que la semilla pueda circular y seguir con vida. La semilla, entre otras causas, desaparece por nuestro egoísmo, una verdadera cuidadora de semillas sabe que compartir es algo fundamental».

 

Hortensita es madre de 3 hijas, la menor de ellas, Magdalena, desde aquellos primeros almácigos hace ya 11 años atrás cuando era una bebita, ha seguido sus pasos, ayudándola en las siembras, acompañándola a cuánta actividad hay, actualmente también es la fotógrafa oficial de la huerta, los animales y de todos los procesos que se viven en su hogar, es en ella en quien afirma sus sueños de la continuidad de su labor, como una herencia que ella deja y debe seguir transmitiendo su compañera de ruta a próximas generaciones.

 

El año 2016 se inaugura el primer Semillero Comunitario de Chile, con un protocolo de uso, con visitas constantes, con un flujo de semillas activo, se inició con unas pocas semillas, que ahora bordean las 1.000 variedades. La administradora escogida por el equipo que recolectó, caracterizó y multiplicó estas variedades junto a los destacados agricultores Carlos Castillo y Ricardo Rivera, no podía ser otra, solo ella tendría la capacidad, el liderazgo y la bondad de mantener dicha riqueza, protegerla y compartirla. No había referencias, no había a quien pedir consejos, el peso y la dimensión del desafío se iría comprendiendo sobre la marcha, a varios años ya de aquel crucial momento, Hortensia nos comparte sus sueños y lo que ha significado esto.

 

«Mi sueño es tener un semillero que cumpla con todo, con la temperatura y humedad indicadas, tener algo fijo, estable, de un material resistente, así, aunque no estemos nosotros, ellas estén protegidas para que sirvan para las próximas generaciones. Ojalá pudiéramos cumplir eso, sería lo ideal. Por lo demás, para mí, pese a toda la oposición, la desilusión y poco apoyo de quienes una lo esperaría, ha sido una experiencia maravillosa. Sin embargo, sólo soy como una ayuda para que esto funcione, es  una hermosa bendición, pero a la vez una enorme responsabilidad, no me siento especial, al contrario, soy una aprendiz, soy parte de un equipo que, con mucho esfuerzo, incomprensión, lucha, y también muchas satisfacciones y bellos momentos, ha conseguido esto que se va perfeccionando, no hemos tenido de quien aprender este proceso porque no existe algo así. Mucha gente lo reconoce y lo agradece, otros pocos lo comprenden y buscan como ayudar, hemos formado un hermoso equipo de trabajo, en el que todos sembramos y recuperamos nuestras semillas. También, como siempre, existe ese puñado de personas que en vez de ayudar solo gastan su tiempo criticando lo que otros hacen, cada vez que alguien levanta un ideal, uno encuentra de todo en el camino, pero ya uno sabe reconocer a cada quien, los que avanzan comprendiendo lo urgente de recuperar y conservar nuestras semillas por el bien de todos, y esos que siempre tiran piedras a todo, pero por sus frutos se reconocen. Estamos recuperando un patrimonio que antes estaba perdiéndose, desapareciendo, y no lo hacemos solo para nosotros, sino para todos, si alguien no es capaz de ver eso, realmente está ciego».

 

«Entonces, si estamos luchando para que esto sea de todos, aquí los localismos no sirven, intentar poner banderas a un trabajo de tantos, es mal entenderlo, esto no es de un grupo, de una comuna, de una región, acá hay semillas de todo el país, de muchos pueblos, de muchos campesinos, para quienes tienen la consciencia de lo importante que es su recuperación y conservación. Tenemos derechos como en todo, pero también tenemos deberes, este es el principio de nuestro semillero, que tiene la finalidad de compartir semillas con pueblos originarios y campesinos y ha sido un trabajo independiente de mucho esfuerzo que ha llegado a muchos lugares del país, mucha gente ha llevado semillas, pero los importantes son aquellos que vuelven, que traen de su cosecha para compartir y se llevan nuevas semillas en un círculo maravilloso del 1X2. Antiguamente la gente del interior del valle se daba semillas, se prestaba, y se daba a maquila también, uno pasaba la semilla y el otro sembraba y le compartía al que le dio la semilla, ese es nuestro principio de trabajo, lógico que no es para flojos, ni para pillines, es para quienes comprenden la importancia de sembrar y la responsabilidad que esto conlleva, muchas de ellas las recuperamos y hoy vuelven al campo y a nuestra comida. Eso es la semilla: Vida.«

 

Hortensia desde el año 2016, en que se inaugura el semillero, ha sido su administradora, mostrando un liderazgo incomparable, y como todos, con sus defectos y virtudes, ha sido capaz de mantener el semillero, protegiéndolo constantemente de intereses privados y personalistas. Ha gestionado de forma completamente independiente, junto a su equipo, la básica estructura que hoy cobija nuestras semillas, sin embargo hoy el semillero tiene la dicha y el honor de declararse absolutamente independiente de instituciones, empresas u otras organizaciones de cualquier tipo no por orgullo, sino más bien por seguridad e independencia de cualquier tipo de tendencia o influencia que pueda poner los intereses del semillero, con su indispensable y urgente misión, a merced de algún interés que no corresponda a los principios de trabajo que hoy le mantienen vigente y son parte de su identidad. Son miles los sobres con semillas que salen cada año del semillero y se van a distintos sectores del país, son varias las visitas que se reciben para conocer la experiencia, sin embargo, también se necesitan muchas mejoras y materiales para conservar, necesitando lógicamente de ingresos que son muy difíciles de conseguir, porque muchas veces estos conllevan compromisos que no cumplen con nuestro protocolo de independencia. El tiempo ha permitido ir dimensionando los alcances y los resultados de este trabajo y sin duda alguna continuará haciéndolo. Biodiversidad Alimentaria, con sus escasos recursos, mantiene este semillero activo, porque haya o no recursos, la semilla se debe mantener, por Hortensia y por las cientos de familias que han mejorado su calidad de vida y su alimentación con este trabajo que ha sido expuesto y admirado en diversas instancias internacionales. Pero como dicen, nadie es profeta en su propia tierra.

 

 

Relator: Esteban Órdenes Abarca
Equipo Biodiversidad Alimentaria

 

 

 

 

17 julio, 2020

BIODIVERSIDAD ALIMENTARIA