«UN PEQUEÑO GRAN AGRICULTOR»

 

     En nuestra insistente búsqueda del tradicional y recordado tomate rosado, hace algunos años atrás, nos dieron el dato de un experimentado agricultor que vivía en la quebrada de Maitencillo, Región de Atacama, justo en el límite entre la Comuna de Vallenar y Freirina. Fue así que nos encontramos con el protagonista de nuestra nueva biografía, un hombre de esos que observas por primera vez y su impronta de buen tipo se hace innegable.

 

     Sin conocernos, nos recibe con una amabilidad tan tradicional de los agricultores a la antigua, le contamos de nuestro trabajo y sin mayores explicaciones nos cuenta sobre su agricultura, sus semillas tradicionales y una que otra historia. A los minutos, ya estamos en su huerta, centrada en plena quebrada, con unas melgas llenas de diversos cultivos y unas curvas de nivel perfectas basadas tan sólo en la experiencia, todo adornado uniformemente con una gran cantidad de sales en superficie que complicarían la labor agrícola de cualquiera. Fue, luego de años en que intercambiamos diversas semillas y participamos de muchas actividades conjuntas en la recuperación de éstas, que comprendimos que su historia no podía esperar más. Necesitábamos saber qué le había convertido en un admirable curador o resguardador de semillas, qué era lo que gatillaba esa amabilidad tan característica de este maravilloso grupo de humanos que mantienen sus tradiciones a pesar del implacable paso del tiempo, con sus procesos sociales tan uniformizantes e impositivos y en vez de ocultarla, la comparten incondicionalmente. Un verdadero curador o protector de semillas no es aquel que tiene mayor número de ellas, sino aquel que aún teniendo pocas, sabe que el compartirlas es la base de mantenerlas vivas ¿no es esto resguardar?

 

facundo araya frutales     Su nombre es Facundo del Tránsito Araya Rojas y nació el  22 de diciembre de 1947. Su madre fue Blanca Ester Rojas y su padre, de quien heredaría el nombre, Facundo Araya, ¿y el segundo apellido? – preguntamos curiosos – “Solo Facundo Araya, a la antigua no más, así se hacía antes” – Sonríe tímido y continúa – “Mi padre nació en la agricultura, en Longomilla (localidad ubicada en la comuna de Vallenar), cerca de ahí trabajó con la chave, los dueños del fundo de Longomilla, era el jardinero, cuidaba el jardín de muchas flores, plantas y árboles frutales, antes había muchas flores acá” – Su hermana Sonia, también pequeña agricultora, no puede negarse a participar en la conversación y nos cuenta:

 

     – “Antes hacían una famosa fiesta, la del Cristo rey, era muy linda, se hacia un túnel de puros pétalos de rosa con marco de pino era muy lindo, quedaba todo el camino con pétalos, antes no habían de esas máquinas para haberle mostrado (en referencia a las cámaras fotográficas)”.

 

     Su madre, la señora Ester, era dueña de casa y huertera, como sucede aún en muchos sectores rurales del país, ambas funciones van de la mano, siendo inseparables. Había que producir alimentos ya que eran en total 18 hermanos de los cuales 6 murieron niños o jóvenes, él es el número 10.

 

     – “Algunos de mis hermanos estudiaron, a mí me tocó dedicarme a trabajar, solo llegué a tercero básico, a los 13 años ya salía al campo, era duro. Aprendí a trabajar los bueyes a esa edad en el fundo porque se usaban mucho, esos animales son muy habilosos, me tocaba arar y sembrar con ellos” –

 

     Sus padres se asentaron en la quebrada de Maitencillo el año 1911, ahí comenzaron a trabajar su huerta y sus frutales, con las semillas de sus abuelos. Otras, las traían de la hacienda en la que trabajaba su padre, que era jardinero, huertero, podador e injertador y, fue de él, de quien don Facundo heredó las técnicas para producir y guardar semillas, así como también el amor por los árboles frutales, que hoy abundan en su terreno; olivos, perales, manzanos, parras, duraznos, naranjos y hasta plátanos. Nos sigue contando al respecto:

 

facundo almacigo tomate     – “Los huertos de la hacienda eran puros árboles grandes, ciruelos, chirimoya, níspero, moras nueces, Longomilla era muy grande y lindo, hasta que la vendieron el año ‘62 y los nuevos dueños no le cayeron en gracia a mi papá, y se fue. La hacienda producía y vendía queso, mantequilla, pan, antes todos los fundos lo hacían, mandaban fruta para afuera, damasco ciruela. Cuando nosotros nacimos el tren de pasajeros de Huasco a Vallenar ya existía. Mi madre producía de toda la verdura, betarraga, lechuga, acelga, papa, tomate, pepino dulce, el único tomate que había era el rosado y el limachino, dejábamos tomates el año ‘60 en los casinos de Huantemé – (una mina de hierro antigua que tenía cientos de trabajadores, de la que hoy solo quedan vestigios). Solo comprábamos arroz, lentejas y azúcar, todo el resto lo producíamos, y aunque mi madre luchó toda la vida con la quebrada sembrando, también criaba de todos los animales, burros, chanchos, gansos y gatos, a ella le encantaban los gatos. También producíamos muchas variedades de damasco: imperial, uno grande como jaspeado que tenía gusto a pisco, lo recuerdo muy bien, producíamos el durazno abollado, mis padres ya lo tenían, durazno cuero de chancho, pera armenia, tacho, de pascua, pera cereza, una redondita como rosadita muy rica, las matas se las llevo la quebrada el año 97”.

 

     Dentro de los cambios importantes en la vida de don Facundo, recuerda con gran importancia cuando se fue junto a su familia a la Hacienda ventana, ubicada en las afueras de Vallenar, donde estuvo desde el año ‘75 al ’87. Ahí crió a 4 hijos de los cuales era padre biológico solo de una, Isabel. De ese pasar recuerda:

 

facundo araya cebolla     – “En ventana había como 5.000 novillos y lo mismo de ovejas, se sembraban porotos verdes inmensos de largos, los coyunda” – Nos narra con asombro mientras que su hija Isabel interviene – “De niños traíamos esos porotos debajo del brazo por lo largos, nosotros también tuvimos que realizar labores agrícolas, como sembrar y cosechar” – Continúa entonces don Facundo – “En la huerta de allá sembraba de todo, el cristal lo usaba para verde, poníamos zapallo brazo, antes los zapallos italianos eran muy largos, hoy son chiquitos”.

 

     Pasados esos años, volvieron a Maitencillo y mientras don Facundo volvía a trabajar a la hacienda en la que trabajó su padre, a cumplir las mismas labores, también se dedicaba a su huerta y sus frutales, los que siempre trabajó en sistema de policultivos, manteniendo una gran cantidad de variedades.

 

     – “Teníamos la cebolla copiapina que es chata y otra alargada, se llamaba coco de toro, eran muy ricas, producíamos la papa blanca que era muy rica, tenía otro sabor, la rosada apareció ahora último. También sembraba el haba morada, pepino dulce, maíz blanco, arveja orejona. Sembrábamos también distintos tipos de sandías, esa overa grande larguita, unas negras y otras como de cáscara azul, esas eran las sandias antiguas de acá, este año también sembramos una sandías que se dieron muy bonitas, guardamos mucha semilla, después le pasamos” – Nos dice con esa dadivosidad tan desinteresada, la misma que ha permitido la existencia de muchas variedades hasta hoy.

 

     Don Facundo aún mantiene mucho de su herencia agrícola, es, de esos casos particulares en que la pérdida no se produjo por descuido o por cambio de gustos, se produjo por la propia naturaleza que siempre recupera sus espacios. La quebrada en la que se arriesgaron a vivir cobraría su parte, aunque como algún sabio dijese, “los pobres no escogen donde vivir”. Recuerda de esos años:

 

     – “La primera vez que tenemos memoria de cuando bajó la quebrada fue de lo que nos contaba mi taita cuando tenía 18 años, fue en 1922. Luego nosotros recordamos que bajó el ‘84 y se llevó a un niñito, vivía mucha gente aquí. Luego el ‘97 quedó la crema, se llevó la mitad del terreno, las herramientas, cultivos, abejas, nosotros nos criamos con las abejas, antes no se enfermaban, eso de la varroa comenzó luego del año ‘75”.

 

     La historia de la bajada de la quebrada el año ‘97 fue una verdadera tragedia para muchos de los que vivían en la quebrada, de hecho el mismo don Facundo y su familia no fallecieron por un milagro en aquella oportunidad. El recuerda que había llegado cansado del trabajo, se despertó temprano y se asomó de casualidad por la puerta, llovía con fuerza y casi sin notarlo, ya la quebrada estaba a las puertas de su casa. Fue así que tomó a su hija en ese entonces de 14 años y luego a sus padres que ya eran ancianos y los cargó uno a uno a un lugar seguro,  siendo, como hoy asegura su hija, el héroe de la familia. Sin embargo no pudieron rescatar casi nada material. Su hija Isabel con sus ojos brillosos, aún expresando gratitud y admiración por su padre nos cuenta.

 

     – “El agua salía por la ventana, la corriente era demasiado fuerte, se llevó las centrífugas para miel, también un cajón grande que estaba lleno de semillas, no alcanzamos a salvar nada y solo se salvaron unas higueras y unos olivos. Se llevó 3 o 4 corrales de chanchos, unos de una raza que hoy no existen, medios largos, solo algunos se salvaron nadando”.

 

     Luego de esta tragedia, el terreno de don Facundo quedó lleno de piedras, entonces él, dedicada y pacientemente, comenzó a rellenar con tierra buena, comenzó a plantar árboles y a rearmar su huerta hasta conseguir lo que tiene hoy, decenas de variedades de duraznos, vides, manzanos y perales tradicionales, naranjos, hasta recuperó los plátanos que siempre consumen con alegría.  Hoy, continúan asumiendo el riesgo de vivir ahí, pero la pregunta que se hacen, es la misma que nosotros nos hacemos ¿en qué otra parte podrían vivir?

 

facundo araya olivo     Don Facundo, como todos los grandes preservadores de la biodiversidad alimentaria, es de la vieja escuela, esa de la verdadera soberanía alimentaria, en la que se producía de todo para comer y era casi un sacramento guardar la semilla para la próxima temporada. La idea de monocultivos en su concepto de vida no tenía cabida ni lógica y además preserva un principio irrevocable “no existe mejor semilla que la que uno mismo produce”, el mismo que escuchamos cada vez que un sabio agricultor nos da su tiempo y conocimiento, a la espera de nada.

 

     Respecto a su experiencia con las nuevas semillas que aparecerían por los años ‘90 en la Provincia recuerda:

 

     – “La semilla híbrida la conocí una tarde que fui a comprar a la agroquímica local, el tipo me regaló dos paquetitos pequeños de semillas híbridas para que las probara. Recuerdo que venían sin etiquetas de nada, cuídelas harto me dijo el vendedor, y por ahí las tengo y nunca las hice” – Sonríe casi travieso, es que don Facundo es de esos que confía en lo que hace, en lo que siembra y en lo que come, no le convencerían tan fácilmente, porque él estaba feliz y conforme con sus variedades. Continúa entonces con sus recuerdos:

 

     – “Solo una vez recuerdo comprar semillas de betarragas, salieron gigantes, me dije, aquí voy a cachiporrearme, entonces planté dos y las dos florecieron y cuando fui a sacarle las semillas, tomé las flores y las apreté con mis manos y solo salió polvo, la semilla no cuajó, por eso hay que tener cuidado con la semilla que uno compra. Luego hice un pepino híbrido y nunca me cuajó la semilla, no salen semillas a esos”.

 

facundo araya reconocimiento     No podemos evitar entonces hacer la pregunta de rigor ¿don Facundo, por qué guarda sus semillas?

 

     – “Porque es más seguro pa’ plantarla y pa’ cosecharla, uno sabe lo que va a cosechar y me sale mi trabajo no más, no tengo que gastar tanta plata. Una vez mi hija fue a comprar semillas de brócoli y salían más de $100.000, no podía creerlo, tan cara, preferimos nuestra semilla, además está acostumbrada conmigo, crece con puro guano, que hay que echárselo cada cierto tiempo no más” – y continúa – “La semilla de hoy tiene otro sabor, la papa ahora es dulce, no con gusto a papa, la mayoría de la cebolla hoy no tiene sabor, viene con una tola dura, no como la cebolla copiapina que era tan rica y suave. Por eso les digo que guarden bien sus semillas protegiéndolas de los hongos, tienen que envasarlas y dejarlas en un buen lugar”.

 

     Entonces don Facundo nos trae algo a la memoria, cuando le debemos tanto, él termina agradeciéndonos:

 

     – “Recuerdo que cuando la quebrada se llevo mis semillas, perdí mi tomate limachino y ustedes hace algunos años me lo trajeron, ya le he sacado dos veces semilla, me gusta ese tomate porque no le entra la polilla, es firme y tiene buena presencia”.

 

     Hoy en día, la salud de este admirable agricultor, el cual paradójicamente cae en un segmento conocido como pequeño agricultor, cuando realmente es de los grandes, está delicada. Desde hace años participa en todas nuestras actividades, días de campo, visitas a semilleros, intercambios de semilla, junto a su hermana Sonia, no faltaban a ninguna. Pero comenzamos a extrañarles, fue entonces que les visitamos y llevamos un reconocimiento a su labor como “Resguardador de la biodiversidad”, reconocimiento que se dio a 10 agricultores de la Provincia, cuyo aporte a la mantención de la semilla tradicional, con todo lo que ello involucra, es incalculable y pocas veces reconocido. El ambiente se llenó de emoción.

 

facundo araya hija isabel     Hoy, su hija Isabel comienza a hacerse cargo del huerto, con una enorme devoción y gratitud hacia su padre al cual hoy cuida. Nos cuenta que ella seguirá el legado de su padre, lo cual nos alegra en demasía, ya que la generación de recambio en el campo no suele existir. Su compromiso, seguir protegiendo las variedades tradicionales de su padre; el nuestro, entregarle todas aquellas variedades que alguna vez amablemente él nos compartió.

 

     Al poco terminar la conversación Isabel nos dice: “tengo algunas semillas”, entonces nos invita a verlas. Después de una grata charla y mostrarnos sus semillas le pasa varias de ellas a Hortensia (coordinadora diaguita de la Alianza Biodiversidad Alimentaria en la región de Atacama) y ella responde que no trajo semillas. Entonces Isabel le dice – “No se preocupe señora Hortensia, ve que si yo la llego a perder, luego se la voy a pedir a usted”.

 

     Entonces todos nos miramos, sonreímos y sin palabras comprendimos que su hija sin saberlo, se convertiría en la más importante semilla que dejaría nuestro querido y admirado don Facundo, que esperamos tener por muchos años más.

 

 

Relator: Esteban Órdenes

Equipo Biodiversidad Alimentaria

 

 

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17 julio, 2018

BIODIVERSIDAD ALIMENTARIA