INGRID MARIPIL MARIPIL

9 enero, 2019

«LA INEXTINGUIBLE SEMILLA MAPUCHE»

 

mamaEl frío ronda allá afuera, las aves anuncian que el sol ha comenzado a asomarse, a través de la ventana se ve a “la mama” ya con el fogón encendido. Está amaneciendo, la postal del chachay Antü entre las montañas del Alto Biobío es imperdible ¡cuánta belleza puede atesorar un lugar! sin duda, el tüwün de la lamgmien Ingrid tiene toda esa magia que nos ha relatado, allá donde se pose nuestra mirada: solo bosque nativo, montañas y el cielo. El sonido de una trutruca nos trae de vuelta, es uno de los pichiche que saluda a los püllü y ancestros antes de disponernos a desayunar.

 

Ingrid, mujer Pewenche de siembras cordilleranas, hoy construye su legado lejos de la presencia física de su mama, pero cada especie que habita en su huerta ha venido con la sabiduría de aquella noble anciana, su presencia aquí es inevitable.

 

Nacida en Cauñicú, en el Alto Biobío, el arraigo hacia su territorio es innato. Cuando oímos sobre su nacimiento: las contracciones llegaron repentinas – “y mi abuela alcanzó a colocar un cuero para que yo naciera, venía parada, nací de pie en mi territorio. Mi placenta la enterraron ahí en la ruka, por eso mi arraigo” – fue el verano de 1984. Tiempos en los que su familia ya gestaba el liderazgo de su abuela, o la mama, como cariñosamente la familia se refiere a quien marca la vida de cada uno de ellos.

 

La vida laboral, hace que la madre biológica de Ingrid salga al pueblo y sea la mama quien se haga cargo de su crianza en los primeros años. “A los tres años salí, la relación desde ahí fue los fines de semana y las vacaciones. Ya de grande fue el internado. Estuve un año viviendo en Hualqui donde una familia amiga, fue el choque cultural de mi vida a los 13 años. Después me fui a Los Ángeles y allí terminé mi enseñanza media, estaba en un hogar de monjas.”

 

 

La huerta en el Alto

 

Ingrid Maripil“Mi mama siempre hizo huerta, teníamos una al lado de la casa, era donde tenía las verduras que usábamos todos los días, y el lawen. Creo que era para tenerlo cerca y usarlo de noche por si nos enfermábamos. A esa huerta nosotros acarreábamos el agua en balde, desde la vertiente a unos 300 metros. En la otra huerta, siempre conseguía mi mama gente que le fuera a arar la tierra con bueyes. Casi siempre iba mi tío abuelo materno, él vivía cerca de la casa, aprovechábamos y él nos daba más de una vuelta para jugar sobre el arado.”

 

Desde niña la siembra ha estado en su camino, entre jugar e imitar a su abuela, fue aprendiendo las labores cotidianas haciéndose cargo de espacios pequeños, de trasplantes, pequeños tablones y del riego, sus recuerdos son buenos aliados para evocar saberes y también sabores. La alimentación es fiel reflejo de lo sembrado: “había kinwilla en la sopa, las hojas sobre todo. Yuyo se salía a buscar en los rastrojos. Estaba el awar, las cafecitas más chicas, arvejas también, de capi pequeñito pero llenador, el que llaman vuelta el año estuvo desde siempre en la casa, en las sopas de invierno o acompañando a las legumbres. Juntábamos poroto también, el pallar siempre estuvo. Muchas de las verduras eran estacionarias, y cuando había comíamos en abundancia.

 

Había que complementar, por ejemplo en el invierno salíamos a buscar changle, digüeñe, y otros hongos. Tenía que ver con lo que en la naturaleza estaba pasando. Para el tiempo de los pescados, podíamos ir al río a sacar nuestro alimento. Hacías un pozón, sacabas el pescado que necesitabas y te ibas, aunque estuviera lleno, solo lo que necesitaras. En general con la huerta era lo mismo, lo que necesitábamos para el grupo familiar era suficiente“

 

También está aquella especie que tanto caracteriza al pewenche, los piñones o pewen. “Yo creo que es parte de la sangre que corre en uno. Si la sangre del pewenche no tiene piñón, le falta algo. Es esencial, si uno no come piñones, se enferma más o no está en equilibrio. Es parte de la espiritualidad, de la alimentación, porque uno consume energía para darte energía. La alimentación es eso, cuando uno consume algo, no sólo es alimento también es historia, sus momentos que traen recuerdos”. La importancia del piñón o pewen es indiscutible.

 

 

De las veranadas pewenche a la huerta nagche.

 

Ingrid Maripil“Los Pewenche les dan un descanso a la tierra, a la vegetación, al agua, al espacio donde uno vive en el invierno. Para eso uno va más arriba de la cordillera a estacionarse un tiempo, a que los animales consuman alimentos de ese espacio que está renovado, que estuvo bajo la nieve, que tiene más agua. Y uno también va, se va con media casa al hombro y allá se desconecta. Allá igual hay construcción de ruka, igual hay cosas necesarias para cobijarse del frío”. Es la veranada, tiempo de conexión con la tierra, con la montaña y el pewenentü, ciclo que Ingrid vivió hasta los 19 años, luego vino la universidad y con ello trabajar para estudiar.

 

Ingrid es hablante del mapudungun como pocas jóvenes, lo ha aprendido de su abuela y ha procurado mantenerlo vivo en la cotidianeidad que transita por lo urbano. “Mi mama nos inculcó todo. Nos decía que ser mapuche era tener nuestra propia cosmovisión, nuestra propia lengua, era la única vía para comunicarnos, y para comunicarnos primero con ella y también con la espiritualidad. Ella me dice que un lawen no habla en wingkazungun, ¿cómo te va a entender? tiene que ser en mapudungun. Todo lo fui guardando, yo creo que mi püllü lo fue guardando, me acerqué a organizaciones donde había hablantes, allá en los Txawün estábamos con Jaime, acompañando en los Txafkintü, allá donde estén las ñañas. Siempre he buscado tener amistad con personas adultas, con papay, por medio de ellas voy a aprender.”

 

Así, en el transitar de sus estudios llega a Mawidache, tierra donde hoy vive junto a su compañero Jaime, y sus tres hijos: Pegeylifwenu (10 años), Kewpükura (6 años) y Aleliwen (6 meses) “tuvimos nuestra casa y altiro empecé a hacer huerta, partí trayendo las semillas de la mama, incluso creo que imité su huerta, absolutamente inconsciente. Era lo que conocía, lo que manejaba bien en lawen y comida.”

 

Llegar a un territorio donde las semillas ya han sido desplazadas por aquellas variedades comerciales, no fue una tentación para Ingrid, el valor de la semilla antigua, esa tradicional que heredó de su abuela, siempre lo tuvo presente, por apego y afecto, pero también por mantener la autonomía de su huerta y la alimentación sana y natural para sus hijos.

 

“La semilla es una herencia, una responsabilidad. La semilla antigua siempre da, porque han resistido junto con nosotros, al ladito del pueblo mapuche. Aunque estuviera escondida por 20 años, igual brota. ¿Cómo podría cambiarla por una que necesita ser comprada todos los años? Las semillas antiguas llevan un nütxam con ellas. Necesitan solamente un espacio donde ser sembradas, de manos que la ayuden a llegar a la tierra, ayudarla con el agua, el abono. Finalmente vienen a complementar lo que tienes en casa. El abono uno lo puede sacar de las aves, los animales, no necesitas comprar, eso te genera autonomía. Es tan valioso producir tu alimentación, no tiene un costo monetario, por herencia, por Txafkintü, de no comprar. Además te da la seguridad de poder compartir con otro que también va a tener esa autonomía. Compartir es algo fundamental. Si uno tiene semillas no puede ser para ser guardada, escondidas. Mi mama nunca guardó semillas, es algo cultural, una herencia, yo siento que no puedo romper con esa herencia. El kimun igual hay que compartirlo, si alguien también lo necesita. Mientras uno más comparta, mejor, eso también se devuelve en la vida.”

 

 

Los niños y la huerta

 

kewpu“Mis hijos saben que existe más de un tipo de maíz, que existen muchas variedades, de muchos colores y tamaños. De porotos, tomates, zapallos, ajíes, ya tienen esa mentalidad de que la naturaleza es diversa, ellos lo ven, tienen la certeza de que eso existe. No es lo mismo que verlo en video, ellos lo tienen aquí en su casa, lo pueden ver, tocar, andan chocando con ellas. Han visto los porotos en la sopa. También han sido parte de la siembra, han ayudado, a lo mejor jugando, también estuvieron en los almácigos. La Pegei le contó a una profesora en una clase de ciencias que su casa estaba llena de semillas, que había muchas variedades. A Kewpu, su profesora le pidió que le llevara lechugas y él pregunta: ¿usted vive en el campo o en la cuidad? la profe le dijo que en el campo. ¡Ah ya! entonces le traigo semillas para que usted las siembre. Eso es la conciencia que tiene de que hay que sembrar para comer. De pequeñitos van teniendo esa certeza.”

 

Los niños no sólo han sembrado junto a nosotros, sino que también han ido probando las variedades que su madre prepara a diario, especies que cosecha desde su propia huerta. Y es que Ingrid nos sorprende en cada visita con la exquisita comida que prepara. Esa mezcla entre la alimentación tradicional y sus creaciones con lo que encuentra en la huerta, hacen que sus hijos crezcan de la mano de la cocina tradicional tal como lo hizo ella. “Siempre ha estado presente la comida mapuche en mi vida. Cuando armamos nuestra familia, me propuse que mis hijos comieran la comida mapuche. No me gustaría que llegaran donde mi mama y dijeran que no comen esa comida, eso es lo más terrible que nos puede pasar como mapuche, que nuestros hijos no coman nuestra comida, porque esa es la comida que nuestros abuelos, nuestros ancestros lograron descubrir que nos nutría. El mote por ejemplo. Juntar el trigo con las cenizas, darle un hervor, de ahí sale el mote. Que hay una forma de comer en el invierno y otra de comer en verano. También voy encubriendo eso que ellos dicen que no les gusta, eso me ha permitido crear, camuflar, el mürke en el queque para que se alimenten, según ellos no lo comen. Ir modernizando la comida mapuche, ir complementando la alimentación de ahora con los alimentos mapuche. He ido creando.”

 

 

Las nuevas miradas sobre las tradiciones: Curador de Semilla y Txafkintü.

 

rukaEn la actualidad, alrededor de las semillas han surgido nuevas miradas sobre lo que antes era tradicional, un ejemplo de ello está en el Curador de Semillas, persona que hoy se destaca por poseer un número relevante de semillas en su poder y no necesariamente conociendo su origen, pues en muchos casos las variedades suelen abundar en especies exóticas y comerciales, estando por lo general, en minoría las variedades realmente tradicionales.

 

“Las semillas siempre han estado, no en una sola persona, es algo familiar. Yo sola no podría llamarme curadora de semillas, sola no puedo, es mi familia. Lo mejor es que todos tengan semillas y las compartan. Que cumplamos con nuestro rol en la vida. Creo que los conceptos producen más confusiones que aporte. Yo creo que como mapuche todavía no le tomamos el valor que merece. Muy pocas personas han asumido un rol frente a la semilla. Creo que de a poquito ellas van a ir posicionándose.”

 

En relación al txafkintü tradicional y al actual masivo, Ingrid recuerda: “Mi mama hacía txafkintü desde que tengo memoria. Por ejemplo, la lamgmien Juana tiene un gallo castellano muy lindo, lo conversaban y acordaban hacer txafkintü por una gallina blanca, ese era el duam que llevaba para la visita y a veces, en ese mismo txafkintü acordaban uno nuevo con alguna semilla.

 

Con las visitas igual, se iban con plantitas de yewün, siempre las visitas eran parte del txafkintü, siempre se daba algo a cambio de lo que se llevaba. Lo hacían para ayudar a completar la huerta de la otra persona, siempre en ese sentido de reciprocidad y de colaborar al bienestar de la otra familia, esa es la esencia del txafkintü. Es el  valor de compartir algo, no un valor económico como ahora.”

 

 

Trabajar en el Semillero

 

maízEl año 2017, fue el inicio de las siembras en lo que llamamos semilleros activos: hacer huerta con variedades tradicionales en recuperación. Fue precisamente esta labor la que nos llevó a pasar meses junto a la familia Maripil Mellao, el valor de una semilla tradicional a través de la mirada de Ingrid, nos hizo aliados en un arduo trabajo que llevamos junto a toda su familia, pues a través de ella irrumpimos en un sistema de agricultura convencional.

 

Medio en broma, nos lanzamos a competir entre variedades tradicionales y comerciales, cuya conclusión de victoria nos comparte Jaime quien, como hijo de agricultor convencional y ayudando a su padre, conoce muy bien este tipo de agricultura con agroquímicos y variedades de semillas comerciales, Jaime señala: “pasamos de una agricultura convencional, a sembrar toda la diversidad de semillas tradicionales. ¿Qué poroto conocía yo? Brío, Sofía y Magnum y el Coscorrón, todos esos que podíamos ir a vender a la feria de Temuco en las temporadas que se dieran. Esos eran mis cultivos. A mi papá nunca se le pasó por la mente que existían otras variedades, cuando nos dijeron, no les creímos. Cuando las vimos, seguimos sin creer, pero probamos y aún no puedo creer el rendimiento ¡fue extraordinario! mucho más que todos los porotos que sembramos con químicos, con abonos, con fumigaciones, con todo lo que nos han pasado y hemos comprado, fue mucho más, no lo podíamos creer.

 

Yo tenía la duda de si el tema era la tierra o era la semilla. Entonces hay quienes optan por la tierra y otros por la semilla. Y me quedó claro, que más que la tierra, es la semilla. Entonces si la semilla es buena, la producción va a ser buena. Todo parte por la semilla. La producción, la cantidad, la calidad, todo pasa por la semilla.”

 

Hablar de semillas es hablar de vida, de energías que confluyeron para dar forma a lo que fue el primer semillero de recuperación en tierras mapuche, un transitar que nos sorprendió con la llegada de Aleliwen. Emocionada, y mientras da pecho a nuestra pequeña compañera de siembra, Ingrid nos cuenta: “llegaron las semillas y ya había una pequeña semilla conmigo, chiquitita, era un embrión. Estuvo siempre en el proceso. Imagino que será una futura huertera, con muchas variedades, con herencia y responsabilidad de sembrarlas. Todos mis hijos tienen que ir aprendiendo, tomando su rol”. Hicimos los almácigos junto a ella y al nacer, estuvo en la cosecha, ahí en su coche mirándonos con sus grandes ojos de maqui, reconociendo nuestras voces y riendo cada vez que le lanzamos un beso.

 

Ingrid MaripilPasamos por los tiempos de Walüng cosechando, y entramos a Rimú en las mismas circunstancias, tantas eran las variedades, que no nos daban descanso en su proceso de maduración para semilla. La responsabilidad sin duda fue grande, lo conversamos hoy también cuando Ingrid nos sonríe mientras da pecho a su pichizomo: “creo que las semillas tenían que llegar aquí, tenían que pasar por aquí e irse a otro lado. Nosotros cumplíamos con ese perfil, las semillas sabían eso, que llegando aquí podrían luego llegar a más lugares y así se está haciendo. Hemos conversado eso de la responsabilidad de con quien compartimos esa semilla. Con familias, con territorios que tengan claro lo que significa la semilla tradicional, semilla antigua, la semilla mapuche. Familias que no dependan de las instituciones, porque ese también es un riesgo, tienen que tener claridad de lo que estamos haciendo. Familias que estén por la autonomía. La autonomía que significa que la semilla la tengo que sembrar, mantener, guardar. Esos son algunos criterios que hemos asumido responsablemente. La semilla hoy en día es asumir una responsabilidad y una postura.”

 

La oportunidad de conocer, sembrar y proteger tantas variedades, permite que quienes han sido los primeros responsables de un semillero en el sur, tengan ese privilegio de optar por sus favoritas, donde sin duda el protagonista es el dewül, el poroto y sus múltiples colores, formas, tamaños y usos. “Que los porotos tengan colores que se relacionan a ciertos elementos de la naturaleza, el treile, el ganso, tienen sentido como antes, significa que también estás mirando alrededor, a una ave, animales, otras plantas. Hay algunos como culebras, otros como ñimin. Lo más llamativo son todos esos colores, de formas, de rayas, todo tiene sentido. Uno se siente tan ignorante. Yo cuando veía crecer todo eso miraba y decía ¿cómo hemos perdido tanto?. Toda esa sabiduría que tenía nuestra gente. ¿Cómo con un discurso nos pueden cambiar la forma de alimentarnos?”.

 

 

Mensaje para las nuevas generaciones

 

Ingrid Maripil“Como mapuche estamos en el desafío de reconstruirnos como pueblo, de reconstruir nuestro territorio, de volver a hablar el mapudungun y creo que nos estábamos olvidando de las semillas. Las semillas siempre han estado en nuestro pueblo, la alimentación es algo fundamental, la alimentación tiene que ver con las muestras de cariño. Si queremos reconstruirnos, no nos olvidemos de la semilla, porque eso nos aporta autonomía, estar mejor, estar más sanos. En esa reconstrucción tenemos que ser capaces de sembrar, no reproducir ese discurso del mapuche está conectado con la tierra, pero sin práctica. Vivir de la tierra significa que hay que saber sembrar, hay que volver a aprender a sembrar como lo hacían nuestros ancestros.

 

La semilla es algo integral que traspasa todo en nuestra vida. Si sembramos necesitamos agua, tierra, saber de la luna, necesitamos saber de la semilla, en qué tiempo sembrarlas, como cocinarlas. Involucra muchas cosas.

 

Mi mensaje es ese, no nos olvidemos en este rescate, en esta reconstrucción de las semillas. Asumir el rol fundamental frente a ellas: reconocerlas, sembrarlas, compartirlas, consumirlas y mantenerlas.”

 

 

 

Relatora: Claudia Mellado Ñancupil

Equipo Biodiversidad Alimentaria

 

 

 

Glosario:

 

Chachay Antü: hace alusión a un relato mapuche donde el sol es visto como el gran abuelo que nos ilumina y protege.

Tuwün: lugar de origen familiar y espiritual.

Pichiche: niño y niña, pequeña gente.

Pullü: energía de vida que forma parte del ser, ya sea humano, animal, ave, bosque.

Pewenche: mapuche que habitan en la cordillera, la gente del pewen, de las araucarias.

Lawen: denominación genérica de especies medicinales.

Awar: haba.

Nagche: gente que vive en los sectores de valle, entre pewenche y lafkenche.

Pewenentü: bosque de araucarias con energías importantes porque tiene un Ngen.

Wingkazüngün: idioma del no mapuche.

Mapuzüngun: el hablar de la tierra, idioma mapuche.

Txawün: encuentros donde se reúnen mapuche para compartir y hablar temáticas propias del pueblo.

Txafkintü: proceso de intercambio de semillas, elementos elaborados en el campo, saberes y conocimientos asociados.

Ñaña, papay: formas para referirse cercanamente a personas, principalmente usado entre mujeres.

Nütxam: conversación.

Kimun: conocimiento asociado al aprendizaje instruido.

Mürke: harina tostada.

Lamgmien: hermana.

Pichizomo: mujer pequeña, alude a una niña.

Dewül: poroto.

Ñimin: greca de los tejidos mapuche.

Walüng: tiempo de abundancia, ciclo de cosechas. Se condice con el verano por la temporada.

Rimü: tiempo de guardar cosechas, de agradecer a la tierra, el inicio del descanso. Similar al otoño.

 

 

 

 

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ZUNILDA LEPÍN HENRÍQUEZ

4 julio, 2018

«TESORO HUMANO DE VIDA»

 

Zunilda Lepin     Buscar semillas tradicionales, es también hallar historias de esfuerzo y lucha por un mejor vivir, de aquellas manos campesinas que construyen una vida ligada a la agricultura. Ya sea en el campo o la ciudad, la tierra llama a quienes la amaron desde su infancia. La siembra, la huerta, el jardín, las hortalizas, las flores, los frutales, todo confluye cuando un espíritu inquieto le busca sin descanso en todo su sendero. La tierra llama, siempre llama cuando se pasa una vida queriéndole alcanzar.

 

     Como tantas otras tardes, vamos en busca del mate y la buena conversación con quien siempre nos recibe entre bromas. Pero esta vez vamos por algo más, queremos conocer su historia, saber como una mujer que vive en medio de la ruidosa ciudad de Temuco, llegó a ser reconocida por su innegable labor en la protección de semillas, como alguien que se ha mantenido en la ciudad, es tan querida y conocida por diversas lamgmien campesinas de la región. Buscamos conocer el camino que transitó la primera Curadora de Semillas reconocida como “Tesoro Humano Vivo” por parte del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Chile, el año 2015.

 

 

Su infancia, del campo a la ciudad.

 

     Nacida el año 1949 en el sector rural de Lumahue, comuna de Nueva Imperial, Zunilda del Carmen Lepin Henríquez fue la mayor de dos hijos del primer matrimonio de su padre mapuche con una chilena. A temprana edad su madre fallece y su padre busca una nueva pareja cuya relación con ella no fue de las mejores – «Para empezar yo no tuve mamá y papá bien poco. Mi mamá falleció cuando nació mi hermano, yo tenía dos años. Me crié a la munda. Me iba donde mi abuelita materna, pero cuando estaba muchos días con ella mi papá me iba a buscar porque tenía que cuidar los chanchos y buscar leña.» – la vida en el campo comienza a encrudecer, sin madre ni padre que le protegieran, fueron sus abuelas la fuente de afecto en su infancia.

 

     De sus tíos maternos y abuela, fue que aprendió sobre huerta – «El primer recuerdo de huerta que tengo es de mi abuelita, sembrando en la esquina de la chacra en Boroa Alto. Las chacras eran en las lomas, o en los corralones donde se dejaban las ovejas, cuando se rotaba la tierra. Salían los animales, se araba, se sembraba papas y en las esquinas ají o kinwa» – los recuerdos junto a su abuela le emocionan. Mate en mano, comienza a cebar un amarguito para quien no bebe dulce. Es que ella no puede desatender a nadie a su alrededor. Conversar y estar picoteando algo, esa es la costumbre, y continúa narrando – «Mi abuelita materna me iba a buscar, y cuando llegaba mi papá a llevarme, nosotras nos escondíamos en el monte. Pero él se quedaba todo el día sentado esperando y nosotras escondidas, muertas de hambre esperando que se fuera. Al otro día llegaba tempranito y me llevaba. Recuerdo a mis tíos con cariño que siempre me quisieron llevar, pero mi papá nunca me entregó porque no tenía quien le cuidara los chanchos, su mamá me quería harto»

 

Zunilda Lepin     En los años en que transcurría la infancia de Zuny, el mestizaje entre mapuche y chileno no era bien visto, más aún cuando sus ojos claros llamaban tanto la atención – «Los cabros en el colegio me pisaban los pies, además era chascona, pelo claro y ojos verdes, entonces los otros niños me sacaban un chocho siempre, no sé para qué»

 

     A sus quince años, Zunilda es enviada al pueblo a trabajar para aportar con su sueldo en casa. A esa misma edad le entregan sus primeros zapatos, iría a Santiago – «¡Imagínese! Yo era tan pava que ni siquiera conocía Imperial. Una tía me regaló zapatos, ella calzaba 36 y yo 34, entonces los zapatos se me doblaban hacia arriba» – Fue la primera vez que salió de casa, nunca antes se había asomado ni al pueblo más cercano. Llega así a un campamento de Santiago, conoce lo que describe como pobreza de ciudad – «Me llevaron y vivían todos amontonados, era desordenado y sucio. Una cosa es la pobreza de campo y otra la de ciudad, eso aprendí. En el campo, hasta el piso de tierra se barre y está limpio, hay árboles y muchos colores. En la ciudad los cabros me robaban la ropa y la vendían.»

 

     No a mucho andar, conoció a una gringa que le ofreció trabajar como niñera en su casa, lugar donde estuvo cinco años hasta que tuvo que regresar al campamento para cuidar de sus primos menores. Allí conoció a quien fuera el padre de su hija mayor, vivió con él un tiempo, pero la vida en Santiago se tornó compleja y muy dura con una niña pequeña a su cuidado, así que regresa al campo para no andar sufriendo según le dicen. Siempre dócil y acatando las órdenes de otros – «Ya en el sur con mi chiquitita, regresé al campo y comencé a trabajar en Temuco de nana. Tuve que sacar carácter y defender mis hijos. Nunca más volví a Santiago. Después tuve a mi segundo hijo que se enfermó, de eso que llaman aojarse ¡casi se me muere! Buscando quien lo santiguara llegué donde la mamá del Tata, ella no santiguaba pero sabía quién y allá salvaron a mi niño. Después me pedía que lo llevara siempre, que era lindo para jugar. Así conocí al Tata, y ahí me quedé hasta hoy. Pero nunca me vine a vivir con él mientras estaba la suegra. Yo tenía mi casa en el campamento, tenía manos para trabajar. Allá nacieron mis otros dos hijos que tuve con él, yo los crié sola, con mis manos trabajando.» (El Tata es el apodo de cariño que Zuny daba a su esposo de varias décadas quien partió de este mundo este año 2018, Don Celindo Lagos, un experimentado agricultor de vasta y reconocida trayectoria productiva, que alimentó y enseñó a tantos en su chacra ubicada en las faldas del cerro Ñielol, hoy conocido como barrio gastronómico donde también se encuentra el distinguido restaurant Zuny Tradiciones.)

 

 

La vida en el campamento.

 

Zunilda Lepin poroto     Hablar de su paso por el campamento de Lanín, es recordar los más lindos momentos de su vida, señala Zunita. – «El campamento fue una experiencia súper linda que tuvimos. Yo he trabajado y he vivido en muchas partes, en el campamento la gente es más humana. Si a alguien le pasaba algo, todos le íbamos a ayudar, nadie se miraba en menos, todo lo compartíamos. En esos años comencé a juntar harta planta, semillas. Teníamos una competencia de quien tenía el jardín más lindo, la huerta más linda, una competencia sana. Vendíamos muchas cosas, hacíamos muchas cosas.» – Sembrar se convirtió en la forma de relacionarse con otros, en la alimentación de sus hijos, en la alegría y belleza que reflejaban sus flores. En la siembra rebrotó en ella la parte bonita que de niña vivió en el campo: tener plantas, compartir sana y solidariamente. Así también es que conoce a quien sería hasta hoy su compañera de cocina en el restaurante, la Irmita – «Queríamos tener una casa. Nos pedían un documento de sueldo. Así que yo trabajé y la Irma me cuidaba los hijos. Luchamos para que nos dieran casa juntas y lo conseguimos. Viví en mi casa unos años. Trabajaba lavando ropa y planchando toda la noche»

 

     Su huerta fue la forma que encontró para darle frente a la pobreza – «sembrando al aire libre, manteniendo las fechas de siembra. Como había mucha pobreza, sembrábamos las cáscaras de papas. Comíamos las papas y sembrábamos las cáscaras, salían muy bonitas en las camas altas, alrededor poníamos las lechugas, los cilantros. La pobreza en esos tiempos nos llevaba a trabajar más, a sembrar más. Desde que tuve una casa en que vivir me encantaba el huerto, el jardín. Todo lo que yo comía lo producía, si no lo tenía yo, lo tenía la vecina. Siempre lo compartimos.»

 

     El compartir es sin duda el hecho más destacable que realza su figura como símbolo en el resguardo de semillas, lo sabemos todos quienes hemos conocido su labor, todos hemos recibido alguna vez una semilla, una planta, unos mates, una comida de sus cariñosas manos. Entonces, ¿será que esto de compartir es el alma misma que la convirtió en un referente tan importante? Ella se ríe, su humildad la hace cohibirse – «Yo doy no más, regalo y después vienen y me trae un montón de cosas, mire como tengo los zapallos, así me pasa» – señala mostrando la colección que ha formado en este ciclo de cosecha, sin duda, seguirá aumentando.

 

 

Camino al CET

 

     En los años 70, surge la figura del huerto urbano en la vida de Zuny. Un concepto nuevo que vino a ponerle nombre a la labor que realizaba a diario junto a sus vecinas en el campamento – «Ellos llegaron con la idea de los huertos urbanos por el año 74. Acá competían con la Muni. Por ejemplo, había un lugar donde hacíamos los tablones, en el CET lo hacían con curva para que no cayera agua a la calle y venía la Muni y los hacía en punta. Nosotros hacíamos y deshacíamos los trabajos. La Muni nos daba tres mil pesos como pago. El CET no nos daba plata, pero nos llevaba semillas y plantas. Aunque no sé si las semillas eran de las nuevas o las antiguas, yo no sabía de eso, no me acuerdo mucho detalle. Ellos tomaban mate con nosotros y plantábamos» – Al pasar un tiempo, el CET arrienda una parcela y comienzan a invitar a todas las señoras del campamento – «como yo siempre he sido inquieta, poco entendía de lo que hablaban, me ponía a ayudar en la cocina, ahí partí en la cocinería» – labor en la que destaca hace varios años, donde incluso su restaurante ha sido nominado en dos oportunidades como la “Mejor Picá’ de Chile”.

 

Zunilda Lepin     Siempre de la mano, sembrar y cocinar, es algo tan lógico e inseparable en su vida que hasta el día de hoy lo mantiene. Su huerta en casa, sus hierbas medicinales en el acceso de su local. El ir y venir con las caseras de la feria de Temuco, las constantes visitas de ñañas que llegan directamente del campo a dejarle sus productos con los que elabora la comida de cada día, en el restaurante y en casa.

 

     Fue en los tiempos del CET de Temuco, que su espíritu inquieto, su simpatía y constante gusto por compartir a través del huerto que los ojos de los profesionales que le rodeaban le pusieron atención, pues mientras las instalaciones del Centro de Educación y Tecnología iniciaban, ella empezaba a plantar e intercambiar, primero con sus vecinas, luego con las lamgmien que llegaban en las capacitaciones desde las comunidades – «Si faltaba una planta que quería o si me gustaba una de las que tenían mis vecinas en el campamento, se las pedía y después le llevaba cualquier otra a cambio, porque en el CET teníamos un huerto precioso. Después, llegaban grupos de las comunidades y me encontraban lindas las plantas y me pedían un ganchito. ¿qué tiene usted también? Le preguntaba y le decía que de eso me trajera también. Después me decían trafkin, nos empezamos a decir trafkin. Era como decirse ¡hola comadre! Nos decíamos trafkin sólo entre las ñañas y yo, nadie más, no por lo menos del CET. Éramos nosotras las que lo hacíamos. Años después, en el CET empezaron a hacer esos trafkintü de ahora» – Comienza una época ligada a recuperar tradiciones y a la vez una forma de gestar economía solidaria entre los vecinos del campamento, para luego ampliarse hacia las comunidades mapuche aledañas – «por ahí por el 2000 comenzó el trafkintü en comunidad, y con las comunidades de los otros CET y sus comunas. Intercambiábamos más plantas que semillas y muchas flores, hortalizas, con tierra y todo, con maceteros.»

 

     «Cuando iniciaron los intercambios con comunidades se comenzó a cambiar semillas por kilo, pero cuando nos enteramos que los kilos se iban a la olla y no a la huerta, se comenzó a cambiar de más poquito, porque poquito se siembra y de más de medio kilo, se come»

 

Zunilda Lepin     Hablar de campo y años pasados es traer a la memoria otras tradiciones que han ido cambiando, se han perdido o han ido disminuyendo en frecuencia y cantidad – «Antes se reunía toda la comunidad a trillar, en mingako. Llegaban las carretas, las viejitas a buscar su parte. Los niños no.  Es que las montañas de paja eran muy grandes y el polvillo los ahogaba» – Entre tanta nostalgia, aflora un momento que muchos catalogan como los antiguos trafkintü, entre familiares y entre distantes lof – «También se usaba mucho eso de ir a pasear y quedarse un tiempo, de revisar el huerto y llevarse plantas, dejar plantas y cosas también» – Un tiempo de visita que solía ser recíproco, pues muchos abuelos narran los encuentros de varias semanas entre parientes y amigos lejanos, visitándose entre sí de una temporada a otra.

 

     Los nuevos aires del trafkintü avanzan, ese que hoy consta de un programa de actividades que incluyen ceremonias. Un inicio de solidaridad en tiempos difíciles, de pobreza e intentos de vincular el campo y la ciudad, o al menos a los actores necesarios a través de la huerta – «ese trafkintü oficial comenzó por ahí en el 2000 con el CET, después lo empezaron a tomar las instituciones, las organizaciones, las universidades y ahora lo hacen hasta en la Moneda» – suelta su risa y el sonar de la puerta de acceso nos interrumpe. Otro amigo pasa a saludarle.

 

     Parece ilógico pensar que quien es un símbolo de protección y lucha por la defensa de las semillas tradicionales, sea una mujer cuya vida en gran parte ha sido desarrollada en la urbanidad. Distante en lo que hoy los puristas llaman “formación cultural mapuche” y lejana a su tierra de origen, pero es precisamente esa realidad la que fortalece una figura que, como tantos y tantas otras, debió rearmarse como campesina, como mapuche, como mestiza en lo urbano, allí donde no hay tierra suficiente para sembrar: la ciudad. Una historia de desarraigo que cruza a toda una generación que llegó a lo urbano buscando un mejor vivir.

 

     Los años no han pasado en vano en cuanto a biodiversidad se trata, incluso hay estudios que señalan la pérdida del 75% de variedades agrícolas del mundo. No es casual que en los recuerdos de Zuny las variedades en hortalizas, flores y frutas sea mayor – «¡había más de todo! Y lo que había, era sano, rico, con aroma. Hace unos años, cuando los trafkintü lo toman las instituciones como las municipalidades, comienzan a aparecer las semillas pintadas. Ya se notaron demasiado. Antes llegaban las semillas en canastitos, en calcetines, en bolsita, pero nunca en bolsa de nylon, siempre en manga de chomba. Bien ahumadita. La gente de campo cuida la semilla en la cocina, en el ahumado. Los ajos duran todo el año, en su temporada salen los ajos, la cebolla brota igual y ahora no, se desaparecen, se secan como polvo. Arriba se ponía en el encatrado la semilla, en ristras al costado, en saquitos también. El humo tal vez le sella, la protege»

 

     Las semillas antiguas se han estado perdiendo, no es la única curadora de semillas que lo señala, pero para Zuny las razones incluyen una mirada hacia adentro, culpar sólo a las instituciones es no hacerse responsable de la propia voluntad señala – «la gente está muy cómoda, tiempo no le da para sembrar, para esperar, prefiere comprar. También les regalan las semillas, les dicen que son mejores, que son más rápidas. La gente cambió el tomate, para pelarlo más fácil. En todo caso, esos tomates antiguos no se pelaban, se comían con cáscara. Tampoco era cáscara gruesa, se comían como manzana. Cuando llegaron los nuevos, la cáscara se separaba sola, se notaba. Los tomates se comenzaron a pelar cuando no se podía comer con cáscara, porque es incómoda. Son esos nuevos, todos homogéneos, del mismo porte, pueden estar mucho tiempo en el refrigerador impeques. Los tomates de verdad duran la temporada nomás, lo que tienen que durar. Los tomates de verdad se los comía hasta verdes y son ricos igual, pintaitos, rico ¡con olorcito a tomate!» – Pero el tomate no es el único que ha cambiado, recuerda también el maíz – «ahora dicen que es dulce, es dulce pero desabrido, insípido. El maíz antiguo era dulce, con sabor, se masticaba, ahora es una cuestión cremosa. Los porotos nuevos para verde no tienen olor, ese sabor, por más que le ponga albahaca, ¡hasta la albahaca está mala!» – termina entre nostálgica y molesta.

 

Zunilda Lepin     Sus recuerdos de campo en siembra y de huerto urbano en el campamento, parecen cercanos cuando las semillas son protagonistas, después de todo, al dedicar su tiempo a buscar y resembrar las semillas antiguas que han rodeado su vida, la historia fluye sencilla, entre anécdotas y saberes compartidos. Le pedimos que nos hable más de los tiempos de huerta de su abuela, y su mirada se pierde mientras ceba otro mate dulce que tanto gusta compartir – «Habían tomates bien bonitos, así como en forma de flores, ninguno liso, parecían riñones, rosas, grandotes. Maíz chico también, daban muchos tallos y harta mazorca. Macollaban las bases, hartos choclos. Y los más grandotes de grano amarillo, con los porotos siempre juntos. También salían muchos de esos de colores: negro con amarillo, rojo con amarillo, todo era bien mezclao. A veces en la misma mazorca salían de un solo color. Lo usábamos en cazuela, más para comerlos cocidos.»

 

     «Estaba esa kinwa blanca, una chiquita muy sabrosa, hasta aromática, le dicen Lepin ahora. Cuando yo era chiquitita había mucha hambre y mi abuelita iba a una laguna allá abajo y la lavaba. Cocía una ollada y uno sacaba un pelotón y se lo comía. Duraba todo el día para matar el hambre en el invierno, no había pan, no había harina. Era más sana, no nos enfermábamos. La sembraban cuando subían las papas en los corralones, cuando la aporcaban y crecían juntas. Las papas las sacaban a medida que se iba comiendo, a mano, ya al final la kinwa estaba lista también y se cosechaba. La kinwa sembrada al voleo, eso es chacra. Ahí también estaban los zapallos, en chacra pero en los muelles, ¿sabe lo que son los muelles?» – Ríe cuando nos sorprende con un concepto nuevo –  «Cuando cosechaban el trigo, amontonaban todo lo de la máquina en un lugar, se podría la paja y ahí ponían las semillas de zapallos. Puros zapallos de guarda. Los melones y sandías ni los conocíamos.»

 

     «Nos falta hablar del poroto sabe» – sugiere ya entusiasmada – «Estaba el poroto peca, burro, araucano con agua bien negra; el azufrado bien teñido, eso era lo que más gustaba. Incluso cuando cocían los porotos con el mote para hacer el motemei, el agua del poroto la dejaban aparte para hacerla caldo, se tomaban el agua esa» – Nos detenemos ahí, el poroto sigue siendo uno de los platos tradicionales más potentes y representativos en Chile, el cambio de su semilla tradicional por aquellas nuevas variedades comerciales no sólo ha alterado el campo en su cultivo, también ha modificado enormemente la forma de preparación y los gustos asociados en la alimentación – «El sistema alimenticio cambió, ahora el poroto hincha, antes no, hasta a mí me hacen mal los porotos ahora. Antes se hacían ensaladas con poroto cocido y mote de maíz y se comía así no más. En los nguillatun se hacían cocidos y se compartían en canastos mientras estaban bailando. Al caldo se le echa un poco de ajo, de manteca y se come. De verde se comía el peumo, una vaina larga, se rebanaba y se comía. Muy rico. Ahora el caldo ya no es caldo, ahora todos quieren el caldo blanco»

 

 

La Curadora de Semillas

 

Zunilda Lepin     Visitar huertos hoy, es generalmente encontrarse con tablones rectos y ordenados, llegar a la huerta de muchas ñañas en la región, es encontrar una mixtura rica en formas y colores, con un orden “al natural” – «Los huertos campesinos no son de tablones, son al lote, son desordenados. Porque usted se mete a un bosque hay de todo. Todas las plantas no comen los mismos nutrientes, se necesitan unas a otras, revueltas para vivir y verse bonitas. Cuando llegaron los programas de gobierno aparecieron los tablones, todo ordenado, todo separado, todo parejo» – Una vida de huerta en el espacio que le tocara estar, siempre entre flores y hortalizas como primer cultivo de su presencia ahí, pero ¿cuándo será que desde la siembra salta al resguardo? – «Es que eso es siempre así, pasa que ahora le ponen nombre a todo. Toda la gente que sembraba guardaba semilla, además se hacía cambio en hierba de palabra. Por ejemplo, mi papá iba a buscar trigo a cambio de una siembra que recién estaba creciendo, en verde. Después cosechaba y entregaba lo acordado de palabra, sin ningún papel de intermedio»

 

     La alimentación era sinónimo de siembra – «Sólo producían para comer y guardar. Se guardaba el trigo en cajones grandes, dentro se metían las frutas, manzanas, peras, membrillos. Las papas se dejaban en granel» – la labor de resguardar semillas no era extraordinaria, era algo lógico, inherente a la agricultura y la alimentación. Para Zuny, incluso los conceptos le son confusos al preguntarle cual de todos ellos tiene mayor relación con su historia – «Protectora, resguardadora quizás, guardadora, custodia, no sé. Con ninguna. PROTECTORA puede ser. “Guardadora” es guarda. “Custodia” es otra cosa que no va con uno, como si estuviera detrás de una reja. “Curadora” es como curandera, como que pongo una semilla y la curo, me gusta más protectora.»

 

Zunilda Lepin     Y ¿por qué protectora? ¿Qué le hace pensar que puede proteger algo? – «Uno protege lo nuestro porque tiene mucha experiencia con eso. Cuando uno busca en la feria un cilantro, un perejil, llegan a ser hediondos. Los nuestros son olorosos, son ricos, se pueden comer crudos, se pueden comer como sea, hasta sin lavar. En cambio lo de afuera uno no sabe.» – Pero, ¿qué es para usted el arte de proteger, de proteger una semilla? – «Por ejemplo, si yo tomo una planta, hago patillas o se la paso a una señora que la cuide, así sé que la va a tener. A lo mejor ella sabe más cosas de esa planta, si es medicinal por ejemplo. Hay muchas plantas que he tenido y se las pasé a una amiga, porque yo sabía que no las iba a poder cuidar y ella sí.» – ¿El entregar la semilla a otro también es protegerla? – «¡¡De todas maneras!!» – Entonces, para proteger ¿no necesariamente hay que ser un sembrador o un productor? – «No, si usted sabe a quién se lo entrega, la planta siempre va a estar protegida. Hay tantas señoras que quieren tener plantas que uno se las entrega y ellas van repartiendo y así sigue. Es como los huevitos de gallinas que hay que mejorar la raza, van de comunidad en comunidad. Las plantas son lo mismo, también hay que cambiarla de lugar, en un mismo terreno, rotarla. Yo creo que tiene que ver con el suelo, porque si estás en el mismo lugar se tiene que comer todos los nutrientes y hay que alimentar la semilla. La semilla tradicional sale sola, es bonita y aguantan. Pero el mercado la pisotea y desvaloriza, hay que cuidarla.»

 

     Para terminar Zunita, ¿qué es para usted la Semilla? – «¡¡Vida!!» – responde automáticamente y agrega – «es que sin la semilla ¿qué comemos?»

 

     La migración campo ciudad, es un ingrediente constante en la vida de muchos de los agricultores que vamos conociendo. Lejanos a su tierra de origen, desarraigados de su cultura indígena hay muchos, trabajando en labores de esfuerzo en las grandes ciudades para ayudar a sus familias que quedaron en el campo. Pero también hay otros que permanecieron en sus tierras, unos manteniendo semillas y protegiéndolas junto a sus tradiciones y saberes heredados, otros que decidieron cambiar su forma de agricultura por un modelo que se suponía era más rentable.

 

     Y están aquellos espíritus como Zunilda Lepin, esos que se rearman como campesinos urbanos, con huertas en cada espacio que transitan. Siguiendo el camino de la vida, pero construyéndole y torciendo el camino para cumplir sus sueños. Porque una mujer que salió sola a buscar la vida en la ciudad, sin más tierra que la de sus zapatos como suele decir, hoy se acerca a su sueño de sembrar en el campo, en tierra propia con su propio esfuerzo, manteniendo lo más preciado que tantos otros dejaron de lado: sus semillas antiguas, esas que le dan sabor a sus comidas, esas que le unen con entrañables ñañas por diversos territorios, esas semillas que han contado su historia.

 

 

 

Relatora: Claudia Mellado Ñancupil

Equipo Biodiversidad Alimentaria

 

 

Zunilda Lepin    Zunilda Lepin    Zunilda Lepin    Zunilda Lepin     Zunilda Lepin

 

 

 

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